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CRÓNICAS DE UNA CIVILIZACIÓN AMENAZADA

El poder invisible de la vida y la Comunicación como camino

por Gastón Martiniano Iudica

Somos nuestros vínculos, y dependemos de ellos tanto como nuestras células dependen del oxígeno y el alimento para vivir. Nuestra biología está al servicio de lo social y vincular. El antropólogo jesuita Pierre Theillard de Chardin decia: “el fenómeno social es la culminación del fenómeno biológico”. Siguiendo esta definición y entendiendo que a su vez el ser humano es inseparable del ambiente donde se desarrolla, comprenderemos también que aquello que amenace cualquiera de estas tres esferas -la biológica, la socia y la ambiental- se convierte una amenaza para el desarrollo de la vida humana.

Pero la misma vida creó dispositivos y mecanismos -sociales, políticos, jurídicos, biológicos, químicos- que aseguren su desarrollo, cuidando el ambiente y los recursos, asegurando el orden social, puniendo aquellos comportamientos que atentan contra la vida. Estos dispositivos se regulan y ajustan a medida que la humanidad -la vida - desarrolla nuevos avances tecnológicos o surgen nuevas amenazas, que en ciertas ocasiones provienen de la propia vida humana, como si los sistemas de contención y protección fallaran y se volvieran contra sí mismos.

Hoy la humanidad se enfrenta a una pandemia mundial del letal Coronavirus, que generó una batería de decisiones y decretos (como estrictas cuarentenas y aislamientos) por parte de los Estados afectados para combatir su propagación. Así entraron en acción los ejércitos y la policía para impedir la circulación injustificada de personas, se secuestraron autos y se prohibió el tránsito de barcos y aviones; fue necesario un nuevo marco legal para combatir esta amenaza: es el poder invisible de la vida que moldea los límites y castigos del sistema social ordenado a la supervivencia de misma.

El aborto, en todas sus formas, es un ejemplo más de una amenaza contra la vida. Debemos entonces intentar dilucidar las diferencias entre las normas y leyes que dictan los gobiernos para evitar que un virus termine con la vida de millones de habitantes, de las normas y leyes que los gobiernos dictan para permitir que se termine con la vida durante el periodo de gestación. La vida es una sola.

Si el estricto aislamiento y cuarentena obligatoria es la arma para combatir la pandemia global de Coronavirus -hasta tanto una vacuna- para evitar contagios y muertes, me pregunto cuáles son las medidas y normas para evitar los embarazos no deseados, que generan daños perpetuos y son el argumento de muerte de la vida en gestación. La prevención de estos embarazos debería contar con la misma potencia y recursos –o mayores- con la que estamos evitando las muertes por Coronavirus. Como si hubiese diferentes “tipos de vida”, el aborto mata la misma vida que mata el Coronavirus. La distinción es absurda y contradictoria.

Estamos viendo a médicos y enfermeras arriesgando su propia vida para salvar la vida de los enfermos infectados por Coronavirus, ¿Qué es lo que tanto procuran sostener y proteger? ¿Qué es aquello por lo que arriesgan su propia vida? Pues no es otra cosa que LA VIDA salvándose a sí misma. Me pregunto ¿Cómo obligaremos a los médicos a realizar abortos luego de la odisea que están llevando adelante para salvar vidas arriesgando las suyas?

EPÍLOGO

Cualquier tipo de posibilidad de nuestra civilización - es decir de los seres humanos que habitamos este planeta- es inversamente proporcional a la propagación de las amenazas contra la vida y contra el ambiente que la hacen posible. Amenazas biológicas y culturales.

Esto es así porque somos un fenómeno biológico-social, somos en cuanto alguien fue antes que nosotros, para transmitirnos la vida y para cuidarnos. Porque somos en cuanto a un otro que responde a mis estímulos, y yo a los suyos; que está ahí y es la certeza de que yo estoy aquí.

Las posibilidades de la civilización están signadas por el devenir de una verdadera comunicación humana, es decir en función de alcanzar una identidad simbólica compartida, o lo que yo llamo: una homeostasis cultural. Una comunicación que es participación, y que su consecuencia es la transformación interior: la verdadera comunicación nos hace siempre nuevos en la medida que participamos del existir del otro, con el otro: es un salir que entra. Es lo contrario a la indiferencia, la adoración de lo efímero y superficial, a la negación del dolor y a una tecnocracia necrosante de las habilidades empáticas. Es lo contrario a una ciencia hueca, arrogante, falta de principios humanistas, que vive en el sueño delirante de la omnipotencia.

Lo primero, para emprender el camino de la verdadera comunicación humana, es creer y comprender que el otro habita en mí mismo como yo en él, que nadie es un extraño, puesto que todos tenemos la misma vida; que solo a través de un entrar en la realidad del otro, y un salir de la propia a la vez, dejaremos atrás las miserias y terrores que nos condenan al sufrimiento y la extinción. Así, naturalmente, podremos llegar a realizar la comunicación, y a través de ella, dejar de lado falsas divisiones e infundados antagonismos, que son obstáculo para el desarrollo social, intelectual, económico y emocional del ser humano.

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